domingo, 19 de junio de 2011

Mensaje en una botella

No sé con quién hablar en una tarde cualquiera, paseando por la playa en un atardecer, veo una botella vacía anclada en la arena, esperando volver al mar con algún mensaje que llevar, reflejando su triste pasado y su incierto futuro... la cojo y jugueteo con ella entre mis dedos, mirándolo todo a su través, pensando que quizás podría hablar con alguien a través de ella, podría expresar lo que el silencio habla, lo que duelen las promesas sin cumplir sin motivo, las palabras vacías que parecían tener sentido y eran simplemente letras unidas que parecían decir algo sin hacer nada... la sensación nostálgica de la espera eterna en la última estación de tren, sin nadie que salude en el andem, y sólo veas sombras alejarse y volviéndose grisáceas...

Podría escribir con suspiros lo extraño que es mirar fijamente un camino por el que se sabe que nadie va a pasar, pero una leve esperanza hace no cerrar los ojos esperando que una silueta pase por allí, el escalofrío al escuchar mi nombre en otros labios...

Podría escribir con lágrimas de sangre lo que queda en el alma cuando el corazón se rompe lentamente con cada noche solitaria que ha pasado mirando las estrellas, esos pequeños hermosos cristales que han ido desgarrando mi interior poco a poco, quedando sólo un suspiro que se pierde en la brisa...

Podría contar tantas cosas, todo aquello que no me atrevo, y dejarlo en esa botella que llevará mi historia muy lejos de allí, en un papel que nadie verá y con una tinta que nadie leerá, quedando de nuevo olvidada en una orilla en la mar... sería tan sencillo como ponerme a escribir, pero una lágrima me devuelve a la realidad, donde debo hablar con el silencio y dejar que la playa guarde mis secretos, llevándome la botella conmigo, para que al menos nadie la vuelva a abandonar.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Piedras en el camino

Cuando somos pequeños y estamos aprendiendo a andar, aunque no lo recordemos, siempre hay algún obstáculo que hace que nos caigamos, y aunque estemos durante un rato sentados llorando y curando las magulladuras, el instinto hace que volvamos a ponernos en pie, hasta que finalmente un día no nos caemos y seguimos nuestro camino...

A lo largo de la vida, el camino se bifurca muchas veces, y en determinadas ocasiones, encontramos un sin fin de obstáculos que hacen que nos paremos, nos hieren profundamente y nos hacen llorar auténticas lágrimas de sangre, pues no podemos avanzar pero tampoco retroceder, y es en esos momentos cuando debemos dejar que el mismo instinto que de niños nos animó de manera inconsciente a caminar, sea ahora el que surja y nos permita caminar, y no dejarnos atrapar por la maraña de sentimientos que inundan nuestros ojos y atormenta el corazón en esos momentos, impidiendo el más mínimo paso físico o moral.

La barrera se produce cuando nos bloqueamos de tal manera, que en vez de intentar aprender de aquello que nos ciega, simplemente dejamos que nos impida ver como proseguir, desencadenando tal sentimiento de impotencia, que la poca moral activa que podría quedar se entierra bajo el pesimismo y la inferioridad, ocultando toda esperanza que se pueda tener, porque no es necesaria una luz que guíe el camino, si no fuerza para volver a levantarse y seguir caminando, aunque sea a oscuras, pues a veces, es más importante aprender a andar en las sombras para poder conocer de esa manera qué ha pasado, qué nos ha bloqueado, y así descubrir dónde está la verdadera luz que nos puede guiar.


viernes, 9 de abril de 2010

¿Dónde van las palabras?

El otro día acudieron a mi mente, sin saber por qué, una serie de frases que a lo largo de estos años he ido escuchando mucho, las típicas frases de apoyo, ánimo, pero sin duda, las más repetidas, eran aquellas que hacían promesas a largo plazo, los típicos "nunca te olvidaré" o "seremos amigos para siempre".

No digo que eso no exista en la realidad, pues seguro que hay personas que tienen esa realidad, pero para otras personas, esas promesas se convierten en una larga cadena de palabras que se lleva el viento, que no las asienta nunca, y que jamás echarán raíces, salvo las del triste recuerdo y la incógnita que nunca será resuelta, el por qué nunca esas palabras dieron frutos y no hicieron que la realidad de los segundos en los que se tardaron en ser pronunciadas se convirtiera en un futuro que ahora sería presente.

Intentando ordenar las ideas, me doy cuenta que siempre esperamos de los demás mas cosas de las que en realidad hacen, pero que el instinto de querer conservar a toda consta algo que tenemos, nubla la vista y hace que algunos pequeños detalles no los veamos en su momento, y aumenta la cobardía de tal forma, que no queremos decir nada que vaya a ofender a esa persona. Como se suele decir, gotita a gotita, llega un momento que el vaso se llena y se desborda, o la mecha de la bomba llega a su fin y explota, arrasando con todo lo que hay a su alrededor.

¿Quiénes son los culpables de esta situación? los que no llegan a hacer todo lo que consideramos que deberían hacer, o los que no han hablado a tiempo para quizás, con mucha anterioridad, bien arreglar las cosas, o bien zanjar una cosa que tarde o temprano se sabe que se va a destruir.

Ante estas extrañas situaciones, considero que lo mejor es saber permanecer en silencio, no prometer nada, no hacer alusión al futuro, pues nadie sabe a dónde van las palabras que después nunca se cumplen y se desvanecen en el aire como la llama de una vela, dejando un pequeño aliento de humo para después desaparecer para siempre, pero dejan una huella tan profunda, que ni el futuro muchas veces puede llegar a borrar.