lunes, 10 de septiembre de 2012

Acariciando la libertad

A veces todo parece ir muy rápido, vamos corriendo intentando que las horas parezcan más largas de lo que son, ocupando cada segundo como si no hubiera un mañana de la manera más vacía y tonta posible, sin pararnos ni siquiera a mirar a la cara a quien está delante en el semáforo, a veces sólo sabemos que es de día o es de noche porque el reloj lo marca o de repente nos damos cuenta que se han encendido las farolas que proyectan nuestras tenues siluetas... 

A veces sólo pensamos en aquello que tenemos que hacer, tachando de una gélida agenda actividades sin ningún sentido, importantes para vivir, pero quitando vida, hasta que de repente, un día, algo parece cambiar, y nos desviamos del camino sin motivo aparente, como si otra cosa guiara a nuestro subconsciente y nos lleva a un lugar diferente, no sabemos a dónde ni por qué, pero vamos a un lugar diferente, a una playa lejana, donde apenas hay gente, sólo el ruido de las olas.

Poco a poco el ocaso va cayendo lentamente tras el mar, proyectando una suave luz que nos parece la más brillante y hermosa que jamás hemos visto, suave y cálida, que nos devuelve a la auténtica realidad, sin prisas, sólo con el sonido del mar... cada ola nos refresca, nos llama a que la acariciemos, nos descalzamos y andamos lentamente por la arena, mojando los pies, cerrando los ojos, sintiendo cada instante, sabiendo que aunque en un rato hay que volver a la agenda, siempre habrá un momento para poder ir a aquella lejana playa y acariciar esa sensación de libertad, que es sólo nuestra, y de nadie más...

sábado, 4 de agosto de 2012

¿Qué harías para olvidar...?

La suave brisa veraniega despierta recuerdos olvidados, invoca desde las tinieblas todo aquello que se intenta ocultar con lágrimas y esfuerzo, y ahora, con una simple estacada, el trabajo se hace añicos en unos pocos segundos, cuando parecía que ya había salida, que se había conseguido abrir una pequeña brecha de auxilio consiguiendo calmar todo sentimiento, las piedras de la realidad vuelven a derrumbar y a sepultar los débiles cimientos que se estaban levantando...
Ando entre las pequeñas ruinas que había conseguido levantar con tanto esfuerzo, observo la decadencia que ha dejado la tenue intervención de la realidad, mirando mi reflejo en un pequeño charco  que me dice que la culpa es mía por seguir creyendo en la esperanza, por intentar retomar las cosas otra vez de manera errónea, por pensar que el ser humano es algo más que un trozo de carne que todavía puede sentir y hacer algo bueno.
¿Qué hacer para olvidar esas piedras y volver a empezar? ¿Qué hacer para no volver a recordar? ¿Qué hacer para olvidar qué es llorar? ¿qué hacer...?


lunes, 30 de julio de 2012

Tiempo...

Tic tac... el tiempo va pasando... tic tac... nunca se va a detener... tic tac, otro minuto ha pasado, otro segundo que jamás regresará, otro instante esfumado, otra hora perdida, sin poder recuperarla, pues ese reloj maldito no quiere dejar de hacer ruido, me mira de lejos y me sentencia con sus manecillas, recordándome que jamás se podrá retornar hacia atrás. Da igual que lo descuelgue, que intente arreglar cada una de sus oxidadas manecillas, y que espere a cambio el favor de volver hacia atrás el tiempo suficiente como para aprender a no sentir, a ser una piedra; no, en vez de eso, el continua haciendo su incansable ruido, tampoco tiene culpa, para eso fue creado, para marcar el imparable e inmortal tiempo, que nos recuerda cada día que nunca va a volver hacia atrás, pero tampoco puede decir el futuro.

Tic tac... daría cualquier cosa por parar ese ruido, por volverlo hacia atrás y cambiar tantas cosas, pero ya es imposible, y en el aire sólo se escucha el incesante tic tac...